De Un Pajaro Las Dos Alas

La indisciplina también mata
Luis Toledo Sande • Cuba
lajiribilla@cubarte.cult.cu
A propósito de una lacra que daña a nuestra sociedad, el autor de este artículo ha citado en más de una ocasión una de las claras advertencias de carácter universal debidas a José Martí. Hoy estima que urge retomarla, y ojalá pudiera ser por última vez. En los cruentos sucesos de Chicago ocurridos entre 1886 y 1887, origen de la celebración del Primero de Mayo como Día Internacional del Trabajo, o de los Trabajadores y las Trabajadoras, Martí vio que las fuerzas dominantes en aquella nación se confabulaban para aterrar, con el ejemplo de los obreros linchados, “no a la chusma adolorida que jamás podrá triunfar en un país de razón, sino a las tremendas capas nacientes”, que reclamaban justicia social.

Revolucionario de profundo pensamiento democrático, el 24 de enero de 1880, ante el auditorio que se reunió para escucharlo en el Steck Hall neoyorquino, sostuvo pensando en la realidad cubana, pero con visión que la desbordaba: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. En otro enero, el de 1891, dejó claro en las Bases del Partido Revolucionario Cubano que esa organización tenía entre sus fines rectores fundar “un pueblo nuevo y de sincera democracia”. Quería que así fuese la república moral que debía lograr Cuba con la independencia.

Siguiendo el legado de su Apóstol, el país que ha hecho una revolución de los humildes, con los humildes y para los humildes, se ha esforzado para que el pueblo deje de ser un conglomerado adolorido y, lejos de eso, tenga el lugar y el desempeño que le corresponde tener como fuerza mayoritaria de la sociedad. Como parte de esa meta se ha bregado para dotarlo de la instrucción universal y gratuita que, sumada a la transformación económica y social en su conjunto, elimine las condiciones favorables al desarrollo de la chusma, o lumpen.

La chusma no se rebela: surge o se forma y vive rebelada contra las normas sociales necesarias, que no está dispuesta a cumplir. Caricatura: Osval

Por tanto, no solo sobrado derecho tiene la sociedad cubana a librarse de esa plaga: tiene también el deber y la obligación moral y cultural de hacerlo. Pero no lo ha conseguido. A veces hasta parecería que se ha llegado a creer necesario tolerarla, sobrellevarla para que se mantenga tranquila y no se extralimite en la creación de disturbios. Si así se ha pensado, cabe una conclusión: se ha errado de raíz.

La chusma no se rebela: surge o se forma y vive rebelada contra las normas sociales necesarias, que no está dispuesta a cumplir, aunque unas veces lo haga notar de modo más palmario que en otras. En sus expresiones más ostensibles, en la medida en que es antisocial en un país que batalla por mantener vivo y triunfante un proyecto político y revolucionario emancipador es, por definición, esencialmente contrarrevolucionaria: actúa contra ese proyecto. Los resultados —que no se limitan a bullas, groserías, broncas y otros atentados “menores” contra la convivencia y la civilidad— vienen a ser similares tenga o no tenga ella la conciencia de su condición contrarrevolucionaria.

“Los ingentes esfuerzos del país para enfrentar la mortífera covid-19 (...) corren el peligro de frustrarse, o de no alcanzar los más altos frutos merecidos, por sobra y desgracia de la indisciplina social. Caricatura: Félix Adalberto Linares Díaz (Linares)

Si esa verdad nunca debió habérsenos velado, las actuales circunstancias la ponen de relieve, en evidencia, de un modo particularmente doloroso. Los ingentes esfuerzos del país para enfrentar la mortífera covid-19 y sobreponerse con gran éxito a ella aun en medio de las carencias agravadas por el bloqueo imperialista, corren el peligro de frustrarse, o de no alcanzar los más altos frutos merecidos, por sobra y desgracia de la indisciplina social.

Esa lacra tiene un fuerte regimiento en el lumpen y, por minoritario que este sea, infecta a otros sectores de la sociedad en un proceso insalubre marcado por la connivencia y la tolerancia. A menudo se justifica como fruto de penurias materiales, y el contagio se agrava y se generaliza cuando se opta por creer que es una expresión más de una mal entendida peculiaridad nacional cimentada —como si fuera virtud— en una supuesta picaresca que en el fondo, por muy simpática que pueda considerarse, es nociva.

Hoy los pobres son menos pobres, gracias al crecimiento de la riqueza colectiva, sobre todo en servicios como la educación y la salud. Foto: Portal de la Radio Cubana

Expresiones complacientes y risueñas que pretenden mostrar ingenio y agudeza, como “Imagínate, es que somos cubanos” o “Los cubanos somos así”, deben someterse a juicio como signos de un mal que nos corroe. No se debe confundir con la sana alegría y la chispa sanamente creativa, y ha hecho que las buenas costumbres parezcan odioso vestigio del pasado, y desparezca o se debilite un honroso blasón nacional concentrado en la expresión de orgullo “Soy pobre, pero honrado”.

Existen penurias que se deben en lo fundamental al bloqueo imperialista, pero se agravan con malos o nulos hábitos de trabajo y otras deficiencias internas, en las cuales pesa la costosa corrupción. Pese a todo, hoy los pobres son menos pobres, gracias al crecimiento de la riqueza colectiva, sobre todo en servicios como la educación y la salud, y las condiciones para ser dignos. Pero la honradez y el orden no parecen crecer tan masivamente ni en igual proporción.

Quién sabe cuántas personas han pensado y dicho —el articulista entre ellas— que erradicar la muy afincada indisciplina social, rótulo pálido para nombrar todas las aberraciones que se designan con él, puede costar lágrimas, sudor y sangre. A la vista está que no es ese un vaticinio exagerado: las vidas que está costando y aún podrá costar la pandemia irán, por lo menos en parte, a la cuenta de esa lacra.

Si cuando la covid-19 pase pudiera verse —esperanza a la cual se aferra la mayoría de la población— que Cuba ha tenido una tasa de letalidad muy inferior a la de otros países, resultaría criminal sentirse satisfechos con ese dato. Las muertes serían menos, y menores los costos para lograrlo, si una actitud más disciplinada del conjunto social se sumara al eficiente trabajo de las autoridades y el personal de salud pública y de otros frentes, y de la mayor parte y lo mejor de la población. Así surtirían mayor efecto las maravillas hechas para asumir los gastos de los tratamientos aplicados con medicamentos, y otros recursos, que se adquieren a precios altísimos y con enormes dificultades para saltar por encima del genocida bloqueo imperialista.

Nada de eso sería posible si con la atención priorizada a la salud de la población, y a la formación de profesionales y la creación de centros de investigación y producción destinados a ese fin, se combinara una verdadera cultura del orden, que cada vez se muestra más necesaria. Razones asisten al autor del mensaje leído en una de sus esperadas comparecencias diarias por el doctor Francisco Durán García, director nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública. El mensaje argumenta que las personas cuyas graves irresponsabilidades comprobadas darán o han dado lugar a que el número de contagiados y de muertes sea mayor, deberían ser procesadas por el delito de homicidio culposo, cuando menos.

Quizás no haya manera de aplicar sanciones tan severas, pero —máxime después de aprobada la nueva Constitución en ejemplar referendo masivo— el país tiene, además de moral más que suficiente, instrumentos legales para aplicar los merecidos castigos a quienes cometan delitos que ponen en riesgo la vida de quién sabe cuántas personas, además de la propia. No todo se puede confiar a campañas educativas bien intencionadas.

El país tiene, además de moral más que suficiente, instrumentos legales para aplicar los merecidos castigos a quienes cometan delitos que ponen en riesgo la vida de quién sabe cuántas personas, además de la propia. Caricatura: Osvaldo Gutiérrez (Osval)

Junto con desacatos que contribuyen a la trasmisión del mortal virus, se tornan también más visibles otras infracciones que resulta insuficiente calificar de indisciplina social, aunque se vinculen con ella. Se ubican en la corrupción, y van desde comercializar ilegalmente y a precios abusivos productos de todo tipo —nacionales o importados—, incluidos los de primera necesidad, hasta sobornos y ventas de favores.

A veces se trata de la apropiación, asimismo con fines de lucro, de recursos destinados a personas vulnerables y en cuyo auxilio el estado hace grandes inversiones, grandes esfuerzos. Entre las víctimas de actos tales se halla, para empezar, el proyecto revolucionario con que la nación intenta beneficiar a todo el pueblo.

El enfrentamiento resuelto y decidido de hechos delictivos lo reclaman claramente hoy los daños que la pandemia le está ocasionando al país, al pueblo; pero tales actos no son nuevos. Si la pandemia sirve de catalizador para que, ¡al fin!, se apliquen medidas que hace tiempo se saben necesarias, se deberá procurar que, vencido el letal coronavirus, no se manifieste una vez más otra enfermedad, asimismo costosa, agudamente definida por el humorista Héctor Zumbado. Brillante y patriota, quien llamó la atención sobre un déficit que agrava nuestras tragedias nacionales: la falta de fijador.

Las muertes serían menos, y menores los costos para lograrlo, si una actitud más disciplinada del conjunto social se sumara al eficiente trabajo de las autoridades y el personal de salud pública. Caricatura: Martirena

No se puede aspirar a que prospere plenamente en circunstancias graves lo que en condiciones normales no se cultiva y se afirma como un logro cotidiano. Se requiere una autoridad cada vez mejor preparada profesionalmente para hacer valer la cultura de la disciplina, el orden y el debido acatamiento de las leyes, y una población educada en esos valores, que incluyen reclamos tan elementales, y tan burlados hoy, como no molestar a los demás con ruidos, estridencias, malos tratos y groserías.

Ya antes de la covid-19 abundaban dolorosas pruebas de las muertes y los graves daños económicos que ocasiona otra epidemia: las violaciones de las normas del tránsito. No más que otra muestra.

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